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Del sufrimiento y el dolor

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J. ENRIQUE CÁCERES–ARRIETA

Después de los actos terroristas del 11 de setiembre de 2001, alguien le preguntó a Anne Graham; “¿Por qué permitió Dios que sucediera esto?”.

Graham respondió: “Igual que nosotros, Dios está profundamente triste por esto, pero durante años hemos estado diciéndole que salga de nuestras escuelas, de nuestro Gobierno y de nuestras vidas.

Y siendo el caballero que es, se ha retirado tranquilamente. ¿Cómo podemos esperar que Dios nos dé su bendición y protección cuando hemos exigido que nos deje solos?”.

Hemos corrido a Dios de nuestra vida, familia y Gobierno y después nos quejamos porque algo malo nos pasa. Somos incongruentes. No se trata de ser fanático religioso ni de estar metidas las religiones en el Estado.

Tampoco prestar oídos a los que con laicismo desenfocado u oportunista persiguen reemplazar creencias teístas por creencias ateístas, enmascaradas de razón y ciencias. Tan malévolo es el fideísmo como perversos son el racionalismo y el cientificismo.

Es maravilloso saber que el dolor impide autodestruirnos. Los leprosos pierden sus miembros por carecer de sensibilidad al dolor. Por ello se autodestruyen. Al no sentir dolor, se provocan daños sin percatarse.

C. S. Lewis escribió: “Dios nos susurra en nuestros placeres, habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestros dolores; el dolor es su megáfono para despertar al mundo”. Dios no inflige dolor para despertarnos, pero lo usa para que la maldad y el sufrimiento nos hagan ver más allá de la enfermedad y apercibir nuestra pobreza espiritual. El escritor español Juan Simarro Fernández afirma: “El conflicto nos puede atacar, la enfermedad o el accidente puede llegar, el trabajo o un ser querido se pueden perder.

Cualquiera de estas cosas nos puede afectar. Podemos quedar postrados para siempre en un lecho o silla de ruedas. Podemos tener pérdidas irrecuperables. Pero si ponemos nuestros ojos en el Señor y buscamos su cercanía, el desgaste va a ser solo externo. Quizás no se nos va a sanar nuestra columna o no vamos a poder desprendernos de nuestra silla de ruedas, pero la renovación interior puede ser un proceso tremendo y lleno de bendiciones, de crecimiento espiritual y de irradiación de felicidad hacia otros”.

Ex ateos como Francis S. Collins han llegado al conocimiento espiritual por la tenacidad y fe con que muchos pacientes enfrentan la enfermedad. Tal fe –además de trascender la enfermedad– da sentido a la vida. ¿Será que es imprescindible solo en enfermedades? No, ella como la esperanza y el amor se precisan para trascender en la vida. Mas, el amor es mayor.

El sufrimiento y abuso infantil no excusan las sobrerreacciones contra el Creador y la fe en él. Atribuirlos a Dios es igual que achacar enfermedades y dolores a los profesionales de la salud y laboratorios, con todo y la inmisericorde e inescrupulosa comercialización de la medicina y medicamentos. En realidad, los grandes consorcios productores de medicamentos y la industria farmacéutica viven de la enfermedad, porque sin ella no habría negocio y sin éste no hay rentabilidad.

Otras causales del sufrimiento infantil son el descuido, ignorancia, iniquidad y falta de equidad humanas. Las enfermedades congénitas transmitidas a los niños son producto no de la hipotética maldad de Dios, sino por genes heredados, el ambiente, la ignorancia y descuidos humanos.

Toca investigar la historia clínica de padres y abuelos de los pequeños, los medicamentos ingeridos por la madre en gravidez y otros factores que aclararían ciertas enfermedades y dolencias infantiles. De modo que la creencia de que el sufrimiento demuestra la “inexistencia” de Dios o que él es “inhumano”, es absurda. Lo más reprochable es que gente que sabe de causas naturales de las enfermedades las usen como caballito de batalla para su ateísmo filosófico.

Ravi Zacharias sostiene que a pesar de los ataques difamadores a la religión, “aún permanece como el único bastión de esperanza frente a la muerte, tanto para el difunto como para su dolorida familia”. Y añade que “aquí el ateísmo encuentra un duro desafío” y se contradice.

Porque si Dios no existe y no vivimos en un universo moral, ¿por qué tratar el dolor y el sufrimiento en un contexto moral? Asimismo, la realidad del libre albedrío posibilita el dolor y el sufrimiento, porque “la creación de un mundo donde existe el libre albedrío y no se tiene la posibilidad de pecar es una contradicción”, ya que él permite que los humanos escojan el mal antes que el bien, trayendo como resultado el sufrimiento, asevera Peter John Kreeft. Y agrega que “la abrumadora mayoría del sufrimiento se debe a nuestras elecciones de matar, difamar, ser egoístas, las desviaciones sexuales, de romper nuestras promesas, de ser imprudentes”. Antes de culpar a Dios o decir disparates, investiguemos.

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