Mañana se celebrarán las elecciones para escoger al rector y a varios decanos de la Universidad de Panamá. Nunca antes este acto electoral se había desarrollado dentro de un clima de vergüenza y estupor ciudadano como en esta ocasión.
La elección que busca la reelección es un acto truculento. Fue manejado desde las penumbras del poder y al amparo de formulismos que quisieron maquillar la vorágine de poder, que es la única y real razón de ser de todo lo que está pasando.
Acusaciones de mala administración de bienes, clientelismo, corrupción y la pérdida creciente de la confianza, en lo que durante muchos años fue la institución heráldica del conocimiento en Panamá, son el caldo de cultivo mediante el que se impone, a tambor batiente, un proyecto que solo resalta el interés de un individuo y la claque (en francés “bofetada”) es, en su origen, un término que alude a un cuerpo organizado de aplaudidores profesionales, presentes en los teatros y ópera.
Nunca antes en la vida de la Universidad de Panamá se habían tomado tantas decisiones por unanimidad o con el voto disidente de uno o dos osados que desconocen la alcurnia y majestad de las autoridades vigentes.
Dentro de la Universidad de Panamá, y ya así lo reconoce la sociedad, existen al menos dos universidades: una que sigue a ciegas los dictados del rector actual y otra, donde se levantan voces críticas que exigen investigar, estudiar y pensar sin la obsecuencia de depender de la mirada protectora de sus directivos.
Hoy, con una estrategia que nos debe ser conocida, se quiere hacer valer el sofisma de que quien cuestiona a las autoridades, y en especial al rector, atenta contra la institución y es enemigo de los valores de la cultura, la ciencia y la educación.
El drama de la universidad nos la dibuja como una institución que bordea los linderos de un precipicio que está por saltar, pero antes de hacerlo insiste en mutilar la confianza y credibilidad que habían sido parte de su gran capital.
Día a día seguimos conociendo cómo se lesiona y se hiere la esencia de su ser, que es su vida académica. Un catedrático renuncia y denuncia que se dan hechos que modifican sistemas académicos por instrucciones e intereses que no tienen parangón en la historia de la Universidad.
La Facultad de Medicina, lamentablemente, está en el ojo de la tormenta, esto no debe persistir, pues ha sido desde su fundación fuente de inspiración y motivo de orgullo de todos. Por ello, cubrir con un velo de duda la obra de médicos, científicos e investigadores es un atentado contra nuestra identidad y una mina enterrada en la confianza de quienes apuestan por el estudio de la herencia hipocrática.
No hay acto electoral que merezca que algunos pongan en riesgo tanto por tan nefandos motivos.
Los universitarios somos, en este momento crucial, los dueños de nuestro destino. Por ello, saludo con respeto la decisión del Dr. Edgardo Molino Mola, quien ha depuesto su justa aspiración y ha decidido apoyar al Dr. Eduardo Flores Castro, un científico del campo de la física, con la formación, visión y la energía que la universidad y el país requieren para recuperar desde la rectoría este bastión fundamental para el logro de nuestras aspiraciones de una universidad científica que se ponga al servicio del desarrollo, la equidad y la justicia social.
Ojalá que todo lo que se ha develado hasta ahora como el submundo del poder universitario sea suficiente para fortalecer la necesidad de cambiar el estado de horror que significa ver cómo se corroe la Casa de Méndez Pereira. Este medioevo universitario debe dar paso al renacimiento que haga las luces y nos permita devolverle la vista a la estatua que desde que pisó el campus universitario, como un regalo del maestro, no ha dejado de peregrinar en busca de la luz.


