Como en el periodo cretácico, en el que enormes especies de dinosaurios presentían el final de una era con la llegada de un asteroide de proporciones aniquiladoras, en la Universidad de Panamá las antiguas especies enquistadas en el poder, durante mucho tiempo y gozosas de enormes privilegios, parecen intuir el final de lo que fue para ellos una época de oro.
Acosada por escándalos de corrupción, componendas preelectorales y persecución a todo aquel que se opone a la reelección de Gustavo García de Paredes, su equipo electoral –lejos de declinar en su aspiración y dar paso a mejores tiempos– se aferra a una consigna que solo Mubarak, en Egipto, y sus colegas de Medio Oriente esgrimen: la indispensabilidad de su presencia en el manejo de los proyectos institucionales. Es que la visión de algunos funcionarios que pretenden perpetuarse en el poder no parece ser otra que gozar de privilegios, ignorar toda crítica descalificándola como sediciosa, y vivir de espaldas al sentir de la inmensa mayoría.
Hay muchos profesionales jóvenes y con trayectoria que aspiran a ocupar puestos administrativos o docentes en la Universidad de Panamá, quienes ven frustradas sus aspiraciones, precisamente, porque estos cargos los ocupan funcionarios que se jubilaron hace años o debieron jubilarse, pero siguen cobrando jugosos salarios. Esta es una de las situaciones que merece un cambio imperioso para lograr un desarrollo integral y la llegada de nuevos intelectuales, marginados desde hace tiempo solo porque no comparten o no son parte de la maquinaria burocrática universitaria.
Se deben crear espacios para la investigación de carácter verdaderamente científico en todas las facultades, para dar respuesta a los problemas de la sociedad panameña que, al final de cuentas, es el rol de toda universidad. Se debe terminar el “clientelismo político” y la compra de conciencias que ha desacreditado al movimiento estudiantil universitario, así como las obsoletas prácticas administrativas que debilitan a las universidades estatales.
La Universidad de Panamá –ni ninguna que aspire a esta categoría– puede ser una extensión de la escuela media o pre-media, en donde las actividades académicas solo llegan hasta el viernes por la tarde. Las puertas de la universidad deben estar abiertas siempre, al igual que sus servicios internos y para ello, de ser necesario, reconceptualizar sus esquemas de seguridad interna. La Universidad de Panamá debe ser un modelo para la sociedad, no convertirse en reproductora de una visión sesgada de lo que debe ser la ejecución de campañas legítimamente democráticas en las que resulta beneficiada solo una élite que posee los recursos para lograrlo.
Espero que las fórmulas alternas al continuismo en la universidad materialicen un consenso que pueda enrumbar a la primera casa de estudios y convertirla en modelo de desarrollo científico-cultural, poniendo fin a una etapa jurásica.


