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Dirigentes y dirigidos. Pedro Luis Prados S.

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Alcanzar la madurez no es fácil. Es un proceso de acumulación que requiere ciertas cualidades personales entre las que priman la disponibilidad de enfrentar los retos, confianza en sí mismo y capacidad de desempeño.

Muchos de nuestros jóvenes, por insuficiencia del sistema educativo, inadecuada orientación en el hogar o simple opción a lo fácil no son capaces de alcanzar esa etapa con el equilibrio necesario para insertarse de forma responsable en la vida social.

Erik Erikson, en Sociedad y adolescencia (1972), llamó “moratoria adolescente” a una forma de conducta en la que el adulto asume el rol de adolescente para eludir ciertas responsabilidades atribuyéndolas a la juventud. Esta conducta tiene tres etapas claramente discernibles en nuestra sociedad: La llamada propia adolescencia, en que se tolera “probar cosas” (licor, drogas, sexo), aplazando sus consecuencias al atribuir las acciones a la juventud e inexperiencia; la denominada festividad de Carnaval, en la cual se adoptan otras identidades y algunos de sus rasgos durante un tiempo limitado, obviando las consecuencias propias de situaciones normales y, en tercer lugar, la estancia universitaria que, bajo la cobertura académica y la preparación para la vida, el sujeto prolonga su educación para evadir la responsabilidad de algunas acciones.

Sherry Turkle, en La vida en pantalla. La construcción de la identidad en la era de internet (1997), añade la moratoria virtual, en la que se usan las redes sociales para lograr una moratoria mediante la interacción en tiempo real (videojuegos), la construcción de personajes y el ocultamiento de identidades. Esta nueva modalidad tiene un escalofriante incremento mundial y es uno de los temas de una reciente reunión en París de los gigantes controladores de los sitios web.

En esta ocasión nos llama la atención la persistencia de la moratoria universitaria –aunque las otras formas no dejan de ser preocupantes– puesto que si bien en algunas situaciones puede ser beneficiosa, cuando se prolonga la estadía motivada por el conocimiento; en otros contextos es peligrosa y altamente nociva para el sujeto y para la institución, puesto que inhibe el crecimiento emocional del primero y desvirtúa los fines universitarios condensados en la docencia, la investigación y la extensión.

El caso de nuestra Universidad de Panamá –a la que hemos dedicado años de vida, esfuerzos intelectuales y preocupaciones– padece de un malestar, ya crónico, de moratoria universitaria encarnada en algunos de sus dirigentes estudiantiles.

Los últimos acontecimientos han permitido observar con preocupación algunos personajes que evidencian transitar la cuarta década de vida –de las cuales han permanecido más de la mitad como estudiantes universitarios– planificar y dirigir acciones de protesta que no son las más afortunadas para la ciudadanía ni para sus compañeros de estudios, que aterrorizados y en masa escapan por las puertas traseras del campus.

Sudorosos, con trozos de caliche en las manos y gritos desaforados, encabezan a muchachos para los que una consigna incendiaria actúa como estimulante de la adrenalina.

No negamos el pleno derecho de estos panameños a la participación política, creemos en la necesidad de que todos los grupos, todas las ideologías y todas las corrientes de opinión conciten criterios en el debate público. Pero cada generación tiene su propio escenario y debemos aprender a transitar de uno a otro sin que eso signifique desgarrar la escenografía de uno para figurar en otro.

La Universidad propicia los grupos estudiantiles para la participación de los jóvenes, para los panameños maduros el Estado abre la posibilidad de creación de partidos políticos.

Estamos convencidos del papel transformador de la Universidad y apoyamos la promoción los sus valores fundacionales orientados a la educación popular, la institucionalidad del país y la democracia social; defendemos su función crítica como termómetro de las cambiantes realidades sociales; protegemos la autonomía y la democracia como garantías de una educación científica y liberadora, pero no podemos callar ante los intentos por privar a miles de estudiantes universitarios del legítimo derecho de estudiar y mejorar su calidad de vida por los caprichos de minúsculos grupos empeñados en mantener su vigencia electoral y de su espacio político.

Con su misión como “…formadora de profesionales emprendedores, íntegros, con conciencia social y pensamiento crítico”, nuestra Universidad debe proponerse la tarea de orientar a estos panameños que a la mitad de su existencia todavía se preguntan qué van a hacer el resto de sus vidas.

Ayudarlos a encontrar una ruta de vida, orientarlos a buscar su vocación y motivarlos al uso del debate y la reflexión como instrumentos de la democracia y, sobre todo, ¡ayudarlos a crecer!

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