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Los mitos acerca del alma humana. Roberto Hernández

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Posiblemente uno de los conceptos más mencionados y menos precisos en la literatura religiosa y filosófica es el concepto del alma humana. No obstante, su frecuente empleo en esos contextos, el significado de este término todavía se mantiene como una noción borrosa y polémica, alcanzando a veces un carácter casi mítico.

Un mito, según la definición lexicográfica, es una narración ficticia acerca de una persona o cosa a la que se le atribuyen cualidades o excelencias que no tiene. La gran mayoría de las interpretaciones del alma humana tiene, precisamente, esa característica, pues parecen referirse a una entidad que posee propiedades asombrosas que en realidad no tiene.

El mito más común sobre el alma parte de la creencia compartida por muchos de que todos los seres humanos están compuestos de dos partes, un cuerpo material y una mente o alma inmaterial.

El cuerpo es un objeto físico públicamente observable, extendido en un espacio tridimensional y compuesto de células, átomos y partículas subatómicas que se pueden medir y analizar.

El alma, en cambio, es un poco más difícil de explicar. La definición negativa es simplemente que no es material, no observable públicamente y sin extensión en el espacio. Más positivamente se ha asociado a la conciencia de la persona y a sus capacidades intelectuales, morales y emotivas.

Se la ha considerado, también, como el fundamento de nuestro libre albedrío, y de nuestras capacidades lingüísticas, además de que es separable del cuerpo e inmortal, y que permite una relación espiritual con Dios. Muchos cristianos sostienen esta teoría, y para algunos es parte esencial de la doctrina cristiana.

No obstante, y en contraste a esta versión dualista del hombre, muchos científicos y filósofos afirman actualmente que la persona es una sola substancia –un cuerpo físico– y que no hay necesidad de postular la existencia de otra substancia que sea inmaterial o espiritual como parte del ser humano.

La evidencia más reciente para este punto de vista proviene de la biología, más específicamente de la teoría de la evolución darwiniana y de la genética, las cuales sugieren una continuidad de la especie humana con otras formas de vida. El reconocimiento del parentesco humano con el desarrollo de las especies de animales inferiores y la presencia del ADN en todas las otras formas de vida justifican la conclusión de que los humanos también, como estas otras formas, son puramente materiales.

Otras razones que se han ofrecido para probar la superfluidad del concepto del alma y de la inaplicabilidad de las numerosas propiedades que se la han atribuido ha sido la evidencia dramática provista por las neurociencias de la correlación cada vez mayor entre las facultades o capacidades que han sido predicadas del alma con el funcionamiento de regiones específicas del cerebro.

Es el cerebro, y no una entidad inmaterial, el que es considerado responsable de estas capacidades y que ejecuta estas funciones.

Esta posición, me parece, es la opinión más razonable sobre este problema. Ha sido expresada muy sucintamente por dos reputados científicos, Francis Crick, conocido por su trabajo sobre la estructura del ADN, quien nos ha dicho: “Un neurólogo moderno no ve ninguna necesidad del concepto del alma para explicar el comportamiento de humanos y de otros animales”. Albert Einstein, por su parte, escribió en 1921 que el “concepto del alma separado de un cuerpo me parece vacía y desprovista de sentido”.

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