En ciertos momentos de nuestras vidas, todos hemos sufrido algunos males o injusticias. Quizá, su mejor amigo le traicionó, su mujer le fue infiel o sus hijos fueron víctimas de la injusticia o maldad ajena. Ante cualquiera de estos hechos, su reacción natural fue la de ira, tristeza o, probablemente, una combinación de ambas. Luego de cierto tiempo, corto o largo, usted continúa angustiado; se da cuenta de que no ha perdonado.
Contrario a lo que se suele pensar, el perdón no es tanto un acto de la voluntad, sino más bien, un acto del entendimiento. En primer lugar, no perdonamos porque queremos, sino porque entendemos. El entendimiento que hace posible el perdón no es, sin embargo, algo intelectual; se trata un sentimiento de empatía por medio del cual nos ponemos en el lugar del otro, logrando comprender las causas que llevaron a alguien a hacernos daño. Así pues, llegamos a entender –aunque solo hasta cierto punto– por qué el otro actuó de la manera en que lo hizo. Gracias a esta empatía, a menudo comprendemos que las personas no nos hacen daño porque quieren o porque son malas. Por lo general, la verdadera razón es que sufren alguna infelicidad (frustración, miedo o inseguridad). Esto es así porque, quien es realmente feliz no tiene intenciones de hacer daño a nadie.
Sin embargo, en algunas circunstancias el perdón no es posible o, al menos, resulta sumamente difícil. En estos casos, el daño recibido es tan grande que resulta imposible perdonar. Ante tales hechos, como dice la sabiduría popular, “el tiempo se encarga de sanar las heridas”. Días, meses, incluso, años se requieren a veces para perdonar ciertas ofensas. El tiempo nos ayuda a perdonar, porque a través de él, las emociones se disuelven. Con el transcurrir del tiempo, la intensidad de un odio o una tristeza se debilita hasta desaparecer. Cuando esto sucede nos damos cuenta de que hemos perdonado. El tiempo nos prueba que el perdón no depende de nuestra voluntad.
Aunque el tiempo siempre ayuda a perdonar, a veces es bueno posponer nuestro perdón. Esto es lo que exige a menudo la justicia y la moral; el otro debe pagar por su culpa (justicia) y debe aprender de su error (moral). No obstante, la justicia puede satisfacerse sin moral; el asesino podría pasar 20 años en prisión, pero sin aprender nada moralmente con relación a su asesinato. Lamentablemente, esto es lo que mayormente sucede en todas las prisiones del mundo.
Así pues, satisfacer la justicia no es suficiente para perdonar o ser perdonado. Se requiere ser transformado interiormente para bien.
Perdonar no es necesariamente amar al otro en el sentido de sentir un afecto positivo y especial (cariño, amor, alegría) por el prójimo. No obstante, el perdón siempre exige no odiar al otro. Así pues, es posible perdonar en el sentido de no sentir aversión (desprecio, rencor o resentimiento) por el otro. Como si nada hubiera pasado. Esta es la clase de perdón que la mayoría de la gente experimenta ante muchas ofensas. Ya no se siente ningún mal, pero tampoco se siente ningún bien en especial. Se trata de una actitud de indiferencia, algo similar a aquella que, generalmente, tenemos por personas, eventos o cosas que no conocemos. En esta acepción, casi todos tenemos la capacidad de perdonar, incluso, grandes males.
Tarde o temprano, cada uno tendrá que perdonar, pues la felicidad depende de ello. Debido a la íntima relación entre el perdón y la felicidad, toda ética –sea secular o religiosa– tiene que situar al perdón entre sus ideas y prácticas mas fundamentales.
Felices aquellos que han perdonado todo a todos, totalmente. Aunque esta condición moral sea irrealizable para la gran mayoría de nosotros ¿no es acaso lo más razonable aspirar a ella mientras existamos?


