En esa búsqueda en que ando por encontrar una teoría política para la democracia absoluta, me encontré con el libro Justicia Como Equidad, escrito por John Rawls, 1921-2002, quien fuera profesor de Filosofía Política de la Universidad de Harvard y que nos puede servir como guía para abrir una de las múltiples puertas de entrada a la democracia.
Desde la primera hasta la última página de este libro resalta la ética y la moral, por lo que solo con leer el título nos damos cuenta de la enorme importancia que el autor le da a los deberes morales de los individuos. Para él, la sociedad es un sistema equitativo de cooperación entre ciudadanos considerados libres e iguales, a lo largo del tiempo, de una generación a la siguiente.
El Estado moderno, tanto en su versión socialista como capitalista, fracasó: no tuvo capacidad de brindarnos la democracia. El Estado posmoderno, con la globalización financiera, cada día se aleja más de ella.
Rawls considera la filosofía política como realísticamente utópica, esto es, como una disciplina que investiga los límites de la posibilidad política practicable. “La esperanza que tenemos puesta en el futuro de nuestra sociedad descansa en la creencia de que el mundo social permite por lo menos un orden político decente”.
En la definición se habla de “la sociedad como un sistema equitativo de cooperación”. Estos términos equitativos de cooperación definen una idea de reciprocidad: todo el que hace su parte, según lo exigen las reglas reconocidas, debe beneficiarse de acuerdo con un criterio público y aceptado. Esta concepción nos remite a lo que el autor considera persona razonable: todas aquellas que están dispuestas a proponer o a reconocer, cuando son otros los que proponen, los principios necesarios para definir lo que todos pueden aceptar como términos equitativos de la cooperación.
Las personas razonables, también, entienden que han de honrar esos principios, aun a expensas de sus propios intereses, si así lo exigen las circunstancias, siempre y cuando los demás estén dispuestos a honrarlos. Lo irrazonable sería que haya alguien que esté dispuesto a violarlos en su propio beneficio. Lo razonable es una idea moral.
Puesto que en una sociedad democrática se concibe a los ciudadanos, desde el punto de vista de la concepción política, como personas libres e iguales, podemos considerar que los principios de una concepción democrática de la justicia especifica los términos equitativos de la cooperación entre ciudadanos así concebidos.
Estas concepciones llevan a la necesidad de una sociedad bien ordenada: la sociedad regulada por la concepción pública de la justicia. Cada cual acepta –y sabe que los demás aceptan–, la misma concepción política de la justicia, y este conocimiento es reconocido mutuamente. La estructura básica de la sociedad, esto es sus principales instituciones políticas y sociales, y el modo en que se acoplan para formar un sistema de cooperación, satisface esos principios de justicia.
En la medida en que se va desarrollando la regulación efectiva, los ciudadanos van haciendo suyo el sentido normativo de la justicia. Vemos el ordenamiento de una sociedad basada en la cooperación, no en la imposición. Es por ello que la justicia, como equidad, no es una doctrina filosófica o religiosa, sino una concepción política de la justicia. Ahora bien, cómo se organiza una sociedad como un sistema equitativo de cooperación entre personas libres e iguales. Mediante un acuerdo adoptado por ciudadanos libres e iguales que participan en la cooperación y basado en lo que consideran su recíproca ventaja y su bien.
Así pues, se pregunta el autor ¿qué mejor alternativa hay que un acuerdo entre los mismos ciudadanos, alcanzado bajo condiciones que son equitativas para todos? Debe quedar excluido todo lo que tenga que ver con amenazas de fuerza y coerción, engaño y fraude.
La justicia como equidad concibe a los ciudadanos como personas que participan en la cooperación social y, por lo tanto, como plenamente capaces de hacerlo durante toda la vida, y dotados de dos facultades morales: la capacidad de poseer un sentido de la justicia, o sea, de entender, aplicar y actuar según los principios de justicia política que definen los términos equitativos de la cooperación social, y la capacidad de poseer una concepción del bien. Las personas se conciben como iguales en el sentido de que todos se entienden poseedores, en el grado mínimo esencial, de las facultades morales necesarias para participar en la cooperación social durante toda una vida y para formar parte de la sociedad como ciudadanos iguales.
Si se logra hacer de las facultades morales la base de la igualdad política –plantea Rawls–, se concibe la sociedad democrática como una sociedad política que excluye el Estado confesional o aristocrático, por no hablar de un Estado de castas, esclavista o racista.
Me parece que sería un buen paso en la dirección correcta, porque sin ética personal y moral pública nada serio es posible. Es por eso que en el estado de degradación política que se encuentra Panamá, urge la convocatoria de una asamblea constituyente originaria, pero no convocada por el poder constituido, que es autocrático y, por tanto, excluyente. Recordemos que poder y democracia no caben en el mismo lugar, no son los partidos políticos los únicos que deben participar en esa constituyente.
Me dijo Garganta Profunda que al Excelentísimo se le cayó la venta de los Súper 99 a una conocida cadena norteamericana. ¿Las causas? A los presuntos compradores no les gustó el pedigrí del presunto vendedor. De ser cierta esta información será motivo de otra vergüenza internacional. Allá no puede llegar revólver en mano.


