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Sin campañas sucias, por favor. Guillermo Tatis Grimaldo, hijo

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Tomo prestado este título de un oportuno y bien ponderado ensayo de la doctora Geraldine Emilianni sobre la equivocada e inexplicable conducta humana, comprometida –una y otra vez- en campañas sucias que buscan oscuros y miserables resultados “porque pareciera que la pelea es peleando y cero tolerancia”. Siempre he elogiado la participación ciudadana en cruzadas cívicas, creo que es un ejercicio de mucha dimensión social porque implica disciplinas y valores altamente positivos como la actitud y la aptitud, la primera cargada de disposición y la segunda, de capacidad para hacer algo o lograr objetivos con un fin comunitario y favorable para la sociedad.

Sin embargo, veo con recelo como estas sociedades o redes de participación social se unen para atajar el bien común con deseos mezquinos para manipular argumentos para la prevalencia de intereses de pocos. No soy experto en conservación de nada ni arquitecto, pero tengo el sentido común que me ofrecen los años y las experiencias; por ello, no entiendo en qué puede afectar que el siguiente tramo de la cinta costera bordee el Casco Antiguo. La construcción de la IIIra. fase está siendo atacada con argumentos risiblemente falsos, y valiéndose de contactos han logrado tergiversar y elaborar una campaña para llevar a la Unesco por la senda del enredo.

¿Acaso la avenida Pedro de Heredia no serpentea el monumental Castillo de San Felipe en Cartagena o las portentosas murallas que resguardaron esta heroica ciudad hace más de 200 años? Y nada les ha pasado a esas vetustas estructuras. ¿Por dónde pasan las avenidas del Malecón cubano o dominicano?, pues por las áreas más coloniales de la ciudad y nada se ha destruido. Al Coliseo Romano lo circunda una de las avenidas más transitadas del mundo, y ¿qué daños irreversibles ha tenido? Los barrios y edificaciones coloniales de Bogotá, Lima, Quito, La Habana o Santo Domingo los cruzan o abrazan callejuelas y avenidas, y allí están.

Muy pocas ciudades del mundo y sus autoridades estarían dispuestas a ocultar sus patrimonios privándolos de vías y avenidas en sus contornos para que sus ciudadanos y turistas las vean, las disfruten y se maravillen de ellas; parece que solo nosotros, por el capricho sardónico de una minoría que lo quiere solo para sí. El ánimo y retórica de los conservacionistas, de ecosistemas y monumentos históricos tienen un argumento prosaico y engañoso que busca otros fines, muy similares a los que esgrimieron en su momento otros grupos para otros proyectos, pero igual a los que hoy protestan y exigen que no se construya esto o aquello sin fundamento lógico y sin verdadera razón.

No existen riesgos ni temores consistentes de que esos monumentos se estropeen y que se dañe el ambiente por una avenid. Ellos fueron responsables de los mismos actos míseros de negarle a la ciudad una vialidad más eficiente cuando alegaron todos los peros para impedir la construcción de una vía que conectaría el aeropuerto de Albrook atravesando las barriadas de Albrook y Clayton con el noreste de la ciudad, solo porque los residentes –en secreto- no deseaban el paso de la chusma por los alrededores de sus residencias.

Se opusieron a la solución de continuidad del Corredor Sur por el borde de Punta Paitilla y el exclusivo Club Unión, y lo lograron; esos residentes sencillamente no querían que extraños paseasen cerca de sus barriadas, lo que le cuesta a los citadinos tiempo y dinero por los tranques innecesarios que genera cada día la actual ruta, todo por el capricho de que por su club, parques y barriadas no pasara nadie más que ellos, la elite.

Encararon cruelmente con toda suerte de manifestaciones y alegatos el proyecto de teleférico que sería ubicado entre el causeway y el emblemático cerro Ancón para disfrute popular, y lo plancharon, con el subterfugio de que empobrecería el “exuberante” ecosistema del admirado cerro.

Panamá es unas de las pocas ciudades con potencial de tener un teleférico que no tiene porque unos ciudadanos cicateros así lo quisieron. Estuve en un parque temático en el eje cafetero colombiano que dentro tenía una finca de café en la que construyeron un sistema de teleféricos al que le sacan provecho turístico, cultural y económico, a la finca, la ciudad y al país, sin que su funcionamiento haya reñido con la conservación del ambiente o la producción agrícola, principal actividad del lugar.

En muchas ciudades del mundo existen y funcionan estupendamente los teleféricos para el esparcimiento de sus ciudadanos sin exclusión y a la vez son icono de inigualable significado para el turista. Ahora tienen en la mirilla la torre financiera, ¿lo lograrán? No lo sé, pero es tiempo de un alto y que nos sometamos a una profunda reflexión. Porque sin razón nos estamos destruyendo.

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