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La guerra de los chips la libran dos potencias, pero el resto del mundo —América Latina incluida— juega sin cartas

Estados Unidos y China libran una guerra por los semiconductores avanzados, el insumo que mueve la inteligencia artificial, la nube y la defensa. Washington restringe, Pekín busca autosuficiencia, y una sola ley estadounidense alcanza a casi cualquier chip del mundo. América Latina, que no fabrica ni diseña estos chips pero depende de ellos para todo, observa una partida en la que no tiene cartas.

Por Juan D. Gonzáles Datos y visualizaciones 12 min de lectura
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Esta serie ha sostenido que buena parte de los países son tomadores de una infraestructura digital que no controlan. En ningún terreno esa idea es tan literal como en el de los semiconductores avanzados, los chips que hacen posible la inteligencia artificial, la computación en la nube, las telecomunicaciones y la defensa moderna. Si el petróleo definió la geopolítica del siglo XX, los chips avanzados son el insumo crítico del XXI. Y la pelea por ellos la libran, esencialmente, dos potencias —Estados Unidos y China—, mientras el resto del mundo, América Latina incluida, observa una partida cuyo resultado lo afectará sin que tenga apenas voz en ella.

Conviene dimensionar lo que está en juego. El mercado global de semiconductores supera los 500.000 millones de dólares anuales, con un crecimiento impulsado por la demanda de IA generativa y centros de datos. Pero el dato decisivo no es el tamaño del mercado, sino su concentración: el diseño de los chips más avanzados está dominado por un puñado de empresas —Nvidia, AMD—, su fabricación depende en gran medida de una sola compañía taiwanesa, TSMC, y la maquinaria de litografía más sofisticada la produce, casi en exclusiva, la neerlandesa ASML. Toda la civilización digital descansa sobre una cadena de suministro extraordinariamente concentrada y frágil.

Cómo una ley de un país alcanza al mundo entero

El corazón del conflicto es el intento estadounidense de frenar el acceso de China a esta tecnología, alegando seguridad nacional. La cronología es ilustrativa. En octubre de 2022, Estados Unidos impuso restricciones sin precedentes a la exportación de chips avanzados y de los equipos para fabricarlos. Las ampliaciones de 2023 y 2024 extendieron la lista de entidades restringidas a más de 140 empresas. Y aquí aparece el mecanismo más revelador, que conecta directamente con la lógica que esta serie vio en la soberanía de datos: la Regla de Producto Directo Extranjero, que clasifica como de origen estadounidense a casi cualquier chip del mundo fabricado con maquinaria o software de Estados Unidos. Es la misma lógica del CLOUD Act trasladada al hardware: no importa dónde se fabrique físicamente el chip; si en su producción intervino tecnología estadounidense, queda sujeto a la jurisdicción de Washington. La nacionalidad de la tecnología, no su ubicación, determina quién manda.

En enero de 2026, la administración estadounidense añadió otra capa: un arancel del 25% sobre la importación de chips de IA avanzados, en una política que sigue endureciéndose. Las restricciones, sin embargo, no son gratuitas ni siquiera para quien las impone: dejan a las empresas estadounidenses sin uno de los mayores mercados del mundo —se estima que Nvidia dejó de ingresar miles de millones por las limitaciones—, y la propia industria, a través de su asociación sectorial, ha advertido que medidas demasiado amplias pueden debilitar, en lugar de fortalecer, la base industrial que dicen proteger.

La respuesta china y la fragmentación del mundo

China no se quedó quieta, y su reacción está redibujando el mapa. Pekín respondió con un plan masivo de autosuficiencia: subsidios millonarios a fabricantes locales como SMIC, un fondo de inversión para la industria de chips valorado en decenas de miles de millones de dólares, y el uso de su propia palanca —restringió la exportación de minerales estratégicos como el galio y el germanio, esenciales para la industria—. Producir los chips más avanzados sin acceso a la maquinaria de litografía extrema sigue siendo un desafío técnico enorme para China, pero el rumbo está fijado.

El resultado es lo que los analistas llaman “desacople tecnológico”: el ecosistema global de semiconductores se está fragmentando en dos esferas. Las empresas occidentales pierden acceso a uno de los mayores mercados del mundo, mientras China acelera la construcción de una cadena de suministro alternativa. Algunos describen la estrategia estadounidense como “Pax Silica” —la idea de que EE. UU. y sus aliados (Taiwán, Japón, Países Bajos) controlan la cadena de suministro como herramienta geopolítica—. El mundo digital, que se imaginaba único y global, se está partiendo en dos.

Dónde queda América Latina

Aquí está el punto que esta pieza, fiel a la mirada de la serie, quiere subrayar: en toda esta partida, América Latina no es jugador, sino tablero. La región no diseña los chips avanzados, no los fabrica, no produce la maquinaria para hacerlos, y sin embargo depende de ellos para todo lo que esta serie ha analizado: la IA que regula, las nubes en las que aloja sus datos, las telecomunicaciones que la conectan. Su posición es la de espectadora de una guerra cuyos efectos —encarecimiento, escasez, presión para alinearse con un bloque u otro— sufrirá sin haber participado en las decisiones.

Esto tiene consecuencias concretas. Si el acceso a los chips de IA más avanzados se vuelve un privilegio geopolítico reservado a unos pocos países y empresas, la brecha tecnológica entre quienes los tienen y quienes no podría ampliarse drásticamente. Una región que ya es tomadora de infraestructura digital corre el riesgo de quedar aún más rezagada en la carrera de la IA, no por falta de talento, sino por falta de acceso al insumo básico. Hay quien ve, en cambio, una oportunidad: la reconfiguración de las cadenas de suministro —el llamado nearshoring— podría abrir espacios para que algunos países de la región atraigan inversión en eslabones menos sofisticados de la cadena, como el ensamblaje o el empaquetado. Pero competir en el diseño o la fabricación de vanguardia está, hoy, fuera de su alcance.

Las dos lecturas, con peso comparable

El conflicto admite, como casi todo en esta serie, dos lecturas legítimas que conviene presentar sin inclinar la balanza.

Quienes justifican las restricciones —el gobierno estadounidense y sus aliados— sostienen que se trata de seguridad nacional: que los chips avanzados, en manos de un rival estratégico, pueden acelerar capacidades militares, de vigilancia y de inteligencia artificial con usos peligrosos, y que controlar esa tecnología es legítimo y necesario. Quienes critican el enfoque —incluida buena parte de la propia industria tecnológica— argumentan que las restricciones son contraproducentes: que aceleran la autosuficiencia china en lugar de frenarla, que perjudican a las empresas occidentales al cerrarles un mercado enorme, y que fragmentar el ecosistema global encarece y ralentiza la innovación para todos, incluidos los países que no son parte del conflicto. No corresponde a este medio dictaminar cuál tiene razón; sí constatar que el desacople, justificado o no, ya está ocurriendo, y que sus costos se reparten más allá de los dos contendientes.

Lo que el tablero revela

Lo que la guerra de los chips aporta a la serie es la capa más profunda de la dependencia tecnológica. Por debajo de los datos, de la nube, de los algoritmos, está el silicio físico sobre el que todo se ejecuta, y ese silicio es hoy el recurso más estratégico y peor distribuido del planeta. La soberanía digital, que en otras piezas se medía en datos o en marcos legales, tiene aquí su límite material: no se puede ser soberano en lo digital si se depende por completo de otros para el componente físico que lo hace funcionar.

El dato verificable, aquí, es que la producción de semiconductores avanzados está concentrada en muy pocas manos, que dos potencias libran por ellos una guerra que está fragmentando el ecosistema global, y que América Latina depende de esos chips sin tener capacidad de producirlos ni voz en el conflicto. Si la región logrará insertarse en algún eslabón de la cadena reconfigurada, o quedará como mera consumidora cada vez más rezagada, dependerá de decisiones que aún no se han tomado: de si los países invierten de forma coordinada en capacidades tecnológicas, de si aprovechan el reacomodo de las cadenas de suministro, y de si logran no quedar atrapados en la obligación de elegir bando. Como en toda esta serie, lo decisivo no es la guerra que libran las potencias —que está en curso y escalando—, sino si los países que la miran desde fuera deciden hacer algo con esa información antes de que el tablero se cierre del todo.

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