— Edición 1.247 52 trackers verificados
ES EN
Política · Tecnología · Regulación digital  ·  donde los datos hablan antes que los titulares
Datos · Economía global · Comercio

El comercio mundial pierde la mitad de su impulso: los números detrás del frenazo geopolítico de 2026

La UNCTAD recortó su previsión: el crecimiento del comercio mundial de mercancías caería del 4,7 por ciento de 2025 a una horquilla del 1,5 al 2,5 por ciento en 2026. El detonante ya no es la política arancelaria, sino el conflicto geopolítico que amenazó rutas como el Estrecho de Ormuz. Esta es la lectura de los datos de una economía expuesta a los choques.

Por Juan D. Gonzáles Datos y visualizaciones 13 min de lectura
comercio mundial UNCTAD geopolítica Estrecho de Ormuz energía crecimiento cadenas de suministro energías renovables economía
Datos · Economía global · Comercio El comerciomundialpierde lamitad de suimpulso Los números del frenazo geopolítico · 2026 Crecimiento del comercio mundial de mercancías en 2025 4.7% Previsión revisada para 2026 (techo) 2.5% Recurso solar mundial situado en África 60% Inversión en energía limpia que recibió África en 2024 2% Datos del informe Trade and Development Foresights 2026 de la UNCTAD, el Banco Central Europeo y análisis de McKinsey Global Institute, marzo-junio de 2026. Las previsiones de crecimiento son estimaciones sujetas a revisión. DIÁLOGO CIUDADANO

Un recorte que parte la previsión por la mitad

A comienzos de 2026, el organismo de comercio y desarrollo de las Naciones Unidas publicó una revisión a la baja de sus expectativas que resume, en una sola cifra, el cambio de clima de la economía mundial. En términos reales, se proyecta que el crecimiento del comercio mundial de mercancías caiga del 4,7 por ciento en 2025 a una horquilla de entre el 1,5 y el 2,5 por ciento. El dato implica que, en el peor de los escenarios contemplados, el comercio mundial perdería casi dos tercios de su impulso en un solo año; incluso en el mejor, lo reduciría a la mitad.

El informe no atribuye ese frenazo a una desaceleración ordinaria, sino a un cambio en la naturaleza del riesgo dominante. Durante el año anterior, la principal fuente de incertidumbre era la política comercial. El informe apunta a un cambio importante en los riesgos globales: en 2025, la incertidumbre se centraba sobre todo en la política comercial, pero para comienzos de 2026 las tensiones geopolíticas se habían convertido en la principal preocupación, especialmente al elevar el conflicto armado en Oriente Medio los temores sobre los flujos de energía y el transporte marítimo. El matiz es importante: el problema dejó de ser qué aranceles imponen los gobiernos y pasó a ser si las rutas físicas del comercio permanecen abiertas.

Ese desplazamiento del riesgo —de la política a la geografía— es lo que vuelve el diagnóstico de este año distinto del de los anteriores. Un arancel es una decisión que puede negociarse, revertirse o sortearse. Un conflicto que amenaza una ruta marítima crítica es un riesgo de otra escala, porque afecta a la capacidad física de mover bienes y energía. La economía mundial, según el informe, ha pasado de un escenario de fricción comercial a uno de exposición a choques geopolíticos que ningún país controla por sí solo.

El Estrecho de Ormuz: el punto donde la geopolítica toca la economía

El epicentro de esa exposición tiene un nombre y una localización precisa. El informe identifica una ruta marítima cuya interrupción tiene consecuencias globales inmediatas. El conflicto en Oriente Medio perturbó los mercados de energía, las condiciones financieras y las principales rutas de transporte, incluida la del Estrecho de Ormuz, una ruta crítica para el comercio mundial de petróleo y gas. El Estrecho de Ormuz es uno de esos cuellos de botella del comercio global por los que pasa una proporción enorme del crudo y el gas que mueve el planeta, y su vulnerabilidad convierte un conflicto regional en un problema económico mundial.

La interrupción de esa ruta no es una abstracción: alteró de forma medible los patrones de pago del comercio energético. Un efecto documentado fue el recurso a monedas y mecanismos alternativos al dólar para sortear las restricciones. Algunos buques realizaron pagos en renminbi a través del sistema CIPS o en criptoactivos para transitar por el Estrecho de Ormuz en marzo y abril de 2026. Ese dato es revelador de una dinámica más amplia: cuando una ruta crítica se tensiona, los actores buscan vías para seguir operando, y esas vías pueden erosionar lentamente el papel de las monedas y sistemas de pago dominantes.

El impacto sobre los mercados siguió un patrón que los analistas reconocen de episodios anteriores, y conviene exponerlo con precisión para no exagerar. Desde el anuncio del alto el fuego, las acciones de Estados Unidos y de los mercados emergentes alcanzaron nuevos máximos históricos, lo que muestra que los mercados pueden recuperarse cuando los inversores ven menores probabilidades de una disrupción más amplia. Los mercados suelen pasar del miedo a la evaluación una vez que pueden juzgar el alcance real de la disrupción económica. Ese patrón no resta gravedad al conflicto, pero muestra que el impacto financiero de un choque geopolítico depende tanto de su escala real como de la percepción de los inversores.

A ese cuadro se suman, en 2026, otros frentes de incertidumbre que los analistas vigilan en paralelo. Los inversores navegan muchas variables en 2026, sumando el conflicto geopolítico a un cambio en el liderazgo de la Reserva Federal y a las elecciones de medio término. La concurrencia de esos factores —un choque energético, un relevo en la cúpula del banco central estadounidense y un ciclo electoral— multiplica las fuentes de volatilidad y dificulta aislar el efecto de cada una. El riesgo que más preocupa a los estrategas es el de la inflación: si los precios de la energía suben y arrastran a otros bienes, el encarecimiento del crédito podría frenar los beneficios empresariales, en una cadena que conecta directamente el conflicto geopolítico con el bolsillo del consumidor.

Por qué las previsiones de crecimiento se moderan

El frenazo del comercio se inscribe en un cuadro macroeconómico más amplio de crecimiento moderado y riesgos persistentes. Los análisis del sector coinciden en un escenario de estabilidad aparente atravesado por tensiones de fondo. El crecimiento económico global seguirá siendo moderado, con una inflación relativamente baja y precios de la energía a la baja; la economía de la eurozona se desacelerará temporalmente para recuperarse más tarde en 2026, mientras que Estados Unidos enfrenta presiones estanflacionarias derivadas de los aranceles. La estanflación —crecimiento débil con inflación persistente— es el riesgo que los analistas asocian a la combinación de aranceles y choques energéticos.

El comercio, sin embargo, había mostrado una resiliencia notable antes de este frenazo, lo que matiza el diagnóstico. El comercio y la producción industrial se mantuvieron resilientes durante 2025 y a comienzos de 2026, pero ese impulso se está debilitando. No se trata, por tanto, de un colapso, sino de la pérdida de un dinamismo que había desafiado las predicciones pesimistas del año anterior. De hecho, el comercio había crecido más rápido que la economía global en 2025, con el comercio relacionado con la inteligencia artificial como uno de los motores más sustanciales de ese crecimiento.

Ese contraste —un comercio que primero superó las expectativas y ahora se modera— es lo que hace del momento actual un giro que merece seguimiento. La pregunta que dejan los datos es si el debilitamiento es una corrección temporal ligada a un episodio geopolítico concreto, o el inicio de una fase más prolongada de bajo crecimiento del comercio. El informe se inclina por la cautela: concluye que la economía mundial permanece altamente expuesta a los choques geopolíticos, las disrupciones energéticas y la inestabilidad financiera, lo que sugiere que la moderación podría persistir mientras esos riesgos no se disipen.

La desigualdad que revela el dato del sol africano

Uno de los hallazgos más reveladores del informe no está en las cifras de comercio, sino en un contraste que ilustra cómo los choques energéticos interactúan con la desigualdad global. El informe sostiene que la crisis refuerza el argumento a favor de invertir más rápido en energías renovables, y aporta un dato que lo sustenta. Una comparación de la nueva capacidad eléctrica de escala industrial puesta en marcha mostró que las renovables ya eran más baratas que la alternativa fósil nueva más barata en el 91 por ciento de los casos en 2024. Es decir: la energía limpia ya no es solo una opción ambiental, sino, en la inmensa mayoría de los casos, la más barata.

Pero ese argumento económico choca con una distribución de la inversión profundamente desigual, y ahí aparece el dato más contundente. África alberga el 60 por ciento de los mejores recursos solares del mundo, pero recibió solo el 2 por ciento de la inversión global en energía limpia en 2024. Ese desajuste —el continente con el mejor recurso solar del planeta captando una fracción mínima de la inversión— resume una de las paradojas de la transición energética: los recursos están donde el capital no llega, y el capital se concentra donde los recursos son menos abundantes.

La relevancia de ese dato trasciende a África y toca de cerca a regiones como América Latina, igualmente rica en recursos renovables y igualmente dependiente de la inversión externa para desarrollarlos. El informe llama a políticas nacionales e internacionales más fuertes para corregir ese desajuste, en la lógica de que un choque energético como el de 2026 funciona a la vez como riesgo y como argumento para acelerar una transición que reduzca la exposición a las rutas de combustibles fósiles. La vulnerabilidad del Estrecho de Ormuz y la abundancia solar de África y América Latina son, en ese sentido, las dos caras de un mismo problema: el de una economía mundial atada a unas pocas rutas energéticas frágiles.

La realineación del comercio según líneas geopolíticas

El frenazo de 2026 no ocurre en un comercio estático, sino en uno que llevaba años reorganizándose según líneas geopolíticas, un proceso que los análisis del sector documentan con detalle. El comercio creció más rápido que la economía global, mientras las economías avanzadas y China se reorientaron alejándose de socios comerciales geopolíticamente distantes, y el comercio relacionado con la IA emergió como el motor de crecimiento más sustancial. Esa reorientación —comprar y vender más a socios afines y menos a rivales geopolíticos— es la tendencia de fondo sobre la que se superpone el choque de 2026.

El efecto de los aranceles en esa reorganización es medible y matizado. Los aranceles desencadenaron un reajuste comercial, con una caída del comercio entre Estados Unidos y China de alrededor del 30 por ciento; Estados Unidos reemplazó cerca de dos tercios de esa brecha con importaciones de otros vendedores, mientras los exportadores chinos redirigieron su comercio. El dato muestra que el comercio no desaparece cuando se levantan barreras entre dos grandes economías, sino que se redirige: los flujos encuentran nuevos caminos, aunque con costos de adaptación y una reconfiguración del mapa de quién comercia con quién.

Esa capacidad de redirección es, a la vez, una fortaleza y una fuente de fragilidad. Es una fortaleza porque demuestra que el sistema comercial global tiene resiliencia: cuando una ruta o una relación se cierra, surgen alternativas. Es una fragilidad porque cada redirección añade costos, alarga cadenas de suministro y crea nuevas dependencias que pueden resultar igual de vulnerables que las anteriores. La economía mundial de 2026, según se desprende de los datos, es más resiliente de lo que las predicciones pesimistas anticipaban, pero también más expuesta a una concatenación de choques que ningún actor controla del todo.

Los bancos centrales y la prueba de las monedas de reserva

Un termómetro poco visible pero revelador del impacto de los choques geopolíticos es cómo reaccionan los bancos centrales con sus reservas. La intuición diría que, ante la incertidumbre, los gestores de reservas reordenan sus carteras a toda prisa. Los datos muestran lo contrario: una notable cautela. Un resultado llamativo de una encuesta reciente mostró que más de dos tercios de los bancos centrales que incorporaron riesgos geopolíticos a su gestión de reservas no hicieron cambios en las monedas en las que invirtieron. Esa prudencia refleja el enfoque tradicional de los gestores oficiales, que evitan cambios bruscos en sus referencias estratégicas incluso en medio de una incertidumbre elevada.

El dato matiza una narrativa frecuente: la del declive acelerado del dólar como moneda de reserva. La realidad de los flujos es más estable de lo que sugieren los titulares. Menos del 10 por ciento de los gestores de reservas de bancos centrales citaron los aranceles estadounidenses como un factor que afectara a sus asignaciones de reservas a mediados de 2025, y un análisis de mercado reciente sugiere que China, el mayor tenedor oficial de reservas del mundo, ha continuado acumulando dólares. La erosión del papel del dólar, si ocurre, es un proceso lento y gradual, no un vuelco súbito provocado por un episodio geopolítico concreto.

Al mismo tiempo, esos choques abren ventanas de oportunidad para monedas alternativas, y ahí el euro aparece como un caso de estudio. Los líderes europeos han identificado el momento como una ocasión para reforzar el papel internacional de su moneda. En la Cumbre del Euro del 19 de marzo de 2026, los líderes de la zona euro subrayaron que la posición del euro en el escenario global dependerá de la fortaleza económica y geopolítica de Europa, así como de que la UE siga siendo un socio fiable. La lógica es que la inestabilidad global crea una demanda de alternativas, y que el euro podría capturar parte de ella si Europa consolida su credibilidad económica e institucional. Es una oportunidad condicionada: depende de decisiones políticas que aún están por tomarse.

Lo que significa para las economías expuestas

Para las economías que no fijan las reglas del comercio global ni emiten monedas de reserva, el frenazo de 2026 plantea un desafío particular. Países dependientes de la exportación de materias primas o de la importación de energía quedan en el lado más vulnerable de la ecuación: sufren la volatilidad de los precios sin tener capacidad de influir en las causas geopolíticas que la provocan. Cuando una ruta como el Estrecho de Ormuz se tensiona, el costo de la energía sube para todos, pero el golpe es más duro para quien menos margen tiene para absorberlo.

Esa asimetría es la que convierte el debate sobre la transición energética en algo más que ambiental para esas economías. Reducir la dependencia de los combustibles fósiles importados no es solo una meta climática: es una estrategia de blindaje frente a choques geopolíticos que se repiten. Para regiones con abundante recurso solar, eólico o hidroeléctrico, desarrollar su propia capacidad renovable equivale a reducir su exposición a las rutas frágiles que el informe identifica como el principal riesgo. El obstáculo, como muestra el dato del sol africano, no es la falta de recurso ni de rentabilidad, sino la concentración de la inversión en otras latitudes.

El balance de los datos

El frenazo del comercio mundial de 2026 condensa, en una revisión de previsiones, el cambio de naturaleza del riesgo económico global. La cifra central —una caída del crecimiento del comercio de mercancías del 4,7 por ciento al 1,5-2,5 por ciento— refleja que el principal motor de la incertidumbre ya no es la política arancelaria, sino el conflicto geopolítico que amenazó rutas críticas como el Estrecho de Ormuz. El comercio no se ha derrumbado, pero ha perdido buena parte del dinamismo que había desafiado las predicciones del año anterior.

El veredicto que dejan los datos es el de una economía mundial atrapada entre dos fuerzas: una notable capacidad de adaptación —el comercio se redirige cuando se cierran rutas, los mercados se recuperan cuando se despeja la incertidumbre— y una exposición estructural a choques que escapan a su control. El dato del sol africano —60 por ciento del mejor recurso, 2 por ciento de la inversión— ilustra que las soluciones de fondo, como acelerar la transición energética para reducir la dependencia de rutas frágiles, existen pero no se financian donde más se necesitan. Para América Latina, rica en recursos renovables y expuesta a los mismos choques, el mensaje de los datos es doble: la región es vulnerable a las disrupciones que frenan el comercio global, pero también tiene en sus recursos una vía para reducir esa vulnerabilidad, si logra atraer la inversión que hoy se concentra en otras latitudes. La economía de 2026 no es la del colapso, sino la de la exposición: resiliente, adaptable y, al mismo tiempo, profundamente dependiente de que unas pocas rutas frágiles permanezcan abiertas.

Seguir leyendo