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El dólar digital que viaja sin bancos: por qué las stablecoins preocupan a los bancos centrales de los países emergentes

Las monedas digitales ancladas al dólar se presentan como innovación de pagos, y en 2026 EE. UU. y Europa terminaron de regularlas. Pero el FMI, el BIS y el BCE advierten que pueden acelerar la 'dolarización digital' en economías frágiles, mientras el Tesoro estadounidense celebra que refuerzan al dólar. Cuando un instrumento técnico es, a la vez, una herramienta de poder monetario.

Por Juan D. Gonzáles Datos y visualizaciones 12 min de lectura
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Esta cobertura ha explorado cómo la tecnología desborda a la regulación, y cómo lo que parece un asunto técnico esconde a menudo una disputa de poder. Las stablecoins —las monedas digitales ancladas a una moneda tradicional, casi siempre el dólar— son uno de los ejemplos más claros de esa doble naturaleza. En 2026, las grandes potencias terminaron de darles un marco legal. Pero detrás de la discusión técnica sobre reservas y licencias hay otra, más profunda, que los bancos centrales del mundo en desarrollo están planteando con creciente urgencia: la de quién controla el dinero que circula dentro de un país.

El año marca un punto de inflexión regulatorio. En Estados Unidos, la GENIUS Act —firmada en julio de 2025 con un raro respaldo bipartidista, 68 a 30 en el Senado— estableció el primer marco federal para las stablecoins de pago, exigiendo reservas 1 a 1 en dólares o deuda del Tesoro de corto plazo, reportes mensuales auditados y prohibiendo el pago de intereses a los tenedores. En Europa, el reglamento MiCA entró en plena vigencia, con fecha límite de julio de 2026 para que los emisores obtengan autorización o sean retirados del mercado. La industria celebra esta “maduración”: de un mercado sin reglas a uno con marcos comparables a los de los instrumentos de pago tradicionales.

El dato que define el debate

Antes de la disputa, conviene fijar el hecho central, porque condiciona todo lo demás. Según el Fondo Monetario Internacional, alrededor del 97% del valor de las stablecoins está denominado en dólares. El mercado total ronda los 300.000 a 320.000 millones de dólares, dominado por dos emisores —Tether y Circle—. Las alternativas en otras monedas son marginales: según el Banco de Pagos Internacionales, las stablecoins en euros representaban un 0,3% de la capitalización de las ancladas al dólar en marzo de 2026, las de yen un 0,01%, las de real brasileño un 0,5%.

Ese 97% no es un detalle. Significa que cuando alguien en cualquier parte del mundo usa una stablecoin, casi siempre está usando un dólar digital. Y a diferencia de un billete o de una cuenta bancaria en dólares —que requieren acceso al sistema financiero formal—, una stablecoin viaja por blockchains públicas: se transfiere desde un teléfono, se liquida fuera del horario bancario y, en muchos casos, sin pasar por un banco. Es, en palabras de un análisis de la London School of Economics, una forma de exportar el dólar fuera del sistema bancario tradicional.

Por qué preocupa a los países emergentes

Aquí está la inquietud que recorre los informes de los principales organismos monetarios, y conviene exponerla con precisión porque es el corazón de la historia. El término técnico es “sustitución de moneda”: el proceso por el cual los habitantes y las empresas de un país, ante la inflación o la inestabilidad de su moneda local, trasladan sus ahorros y sus pagos a una moneda extranjera. La dolarización no es nueva en América Latina; lo nuevo es la facilidad. Abrir una billetera de stablecoins es más rápido que abrir una cuenta bancaria en dólares, y las transferencias no respetan fronteras ni horarios. Las stablecoins, advierte el FMI, pueden acelerar ese proceso al eliminar la fricción que antes lo frenaba.

Los datos sugieren que el fenómeno ya ocurre. Según estimaciones citadas a partir del FMI, los flujos de stablecoins son especialmente grandes en relación con el tamaño de la economía en América Latina y el Caribe, y en África y Medio Oriente, donde alcanzan en torno al 7% u 8% del producto interno bruto. La gente los usa para protegerse de la inflación, para esquivar restricciones a los pagos internacionales y para cubrirse de la depreciación de su moneda. Un informe de Standard Chartered proyecta que los ahorros en stablecoins en mercados emergentes podrían pasar de unos 173.000 millones de dólares en 2025 a 1,22 billones para 2028, en países como Egipto, Pakistán, Turquía, India, Brasil y Sudáfrica.

El problema, para un banco central, es de control. El gerente general del Banco de Pagos Internacionales advirtió en abril de 2026 que el crecimiento de las stablecoins en dólares amenaza con aumentar la dolarización de las economías emergentes y socavar su control sobre los flujos de dinero. Si una porción grande de los ahorros y pagos de un país migra a dólares digitales, el banco central pierde capacidad de manejar la política monetaria, de actuar como prestamista de última instancia y hasta de ver lo que ocurre: los flujos circulan por blockchains públicas, no por los datos interbancarios, lo que crea, según los analistas, una brecha de visibilidad.

La cara geopolítica, dicha en voz alta

Lo que distingue este caso de una mera preocupación técnica es que la dimensión de poder no es una sospecha: la declararon abiertamente. Tras la firma de la GENIUS Act, el secretario del Tesoro de Estados Unidos afirmó que las stablecoins “apuntalarán el estatus del dólar como moneda de reserva mundial, ampliarán el acceso a la economía del dólar para miles de millones de personas y provocarán un aumento de la demanda de bonos del Tesoro de EE. UU.”. Es una de las declaraciones más explícitas de que regular las stablecoins no es solo proteger consumidores: es una estrategia de proyección monetaria.

La lógica es elegante desde la óptica estadounidense. Cada stablecoin en dólares debe estar respaldada por reservas, y la GENIUS Act exige que sean dólares o deuda del Tesoro. Es decir, cuanto más crece el mercado de stablecoins, más demanda hay de bonos estadounidenses, y más se extiende el uso del dólar por el mundo —incluso en países cuyos gobiernos preferirían lo contrario—. No es casualidad que China, que prohibió las stablecoins en su territorio y promueve su yuan digital, haya propuesto un sistema monetario “multipolar” que reduzca el dominio del dólar. La batalla por las stablecoins es, también, un capítulo de la competencia entre monedas.

Conviene, eso sí, no exagerar la escala. Varios expertos recuerdan que el mercado de stablecoins, aunque crece rápido, sigue siendo pequeño frente al sistema financiero global: los 300.000 millones del total son modestos frente a los más de 30 billones del mercado de deuda estadounidense, y buena parte del uso actual es para operar criptomonedas, no para reemplazar cuentas bancarias. La sustitución de moneda es un riesgo real, pero su magnitud actual es objeto de debate legítimo entre economistas.

Los tres caminos posibles

El Banco de Pagos Internacionales resumió el futuro en tres escenarios, y vale la pena exponerlos porque encuadran el debate sin tomar partido. En el primero, el más contenido, las stablecoins siguen siendo sobre todo instrumentos para operar criptomonedas, y su uso en pagos transfronterizos crece despacio: el impacto se mantiene acotado. En el segundo, el más disruptivo, las stablecoins en dólares se vuelven la infraestructura por defecto de los pagos transfronterizos en las economías emergentes, acelerando la sustitución de moneda y erosionando de forma significativa la soberanía monetaria. En el tercero, más exigente, los países licencian sus propias stablecoins en moneda local, capturando la eficiencia de la tecnología sin ceder el control de su sistema monetario.

Ese tercer camino es el que explica, por ejemplo, el interés de Brasil —que ya analizamos— y de otros países por desarrollar stablecoins en su propia moneda, o por avanzar en monedas digitales de banco central. La pregunta que enfrentan los gobiernos del mundo en desarrollo no es si la tecnología llegó —llegó—, sino si pueden encauzarla en su propia moneda antes de que el dólar digital ocupe el espacio. Es una carrera contra el reloj, y la mayoría de estos países tiene menos capacidad regulatoria que las potencias que ya fijaron sus reglas.

Lo que esta historia revela

El caso de las stablecoins ilumina un patrón que recorre toda esta cobertura sobre regulación: la diferencia entre regular un instrumento y gobernar sus consecuencias. Estados Unidos y Europa regularon el instrumento —las reservas, las licencias, la transparencia—. Pero las consecuencias de fondo —qué pasa con la soberanía monetaria de un país pequeño cuando sus ciudadanos pueden tener dólares digitales en el teléfono— no se deciden en esos reglamentos, sino en la interacción entre la tecnología y las condiciones de cada economía. Un país con moneda estable apenas notará las stablecoins; uno con inflación alta y poca confianza en su moneda puede ver cómo una parte de su economía se dolariza sin que nadie lo haya decidido.

El dato verificable, aquí, es que el 97% de las stablecoins son dólares, que su uso ya pesa entre el 7% y el 8% del PIB en partes de América Latina y África, y que las instituciones monetarias más influyentes del mundo —FMI, BIS, BCE— coinciden en señalar el riesgo de sustitución de moneda, mientras el Tesoro estadounidense celebra el refuerzo del dólar que ello implica. Las dos lecturas describen el mismo fenómeno desde lados opuestos del tablero. Cuál predomine dependerá, como casi todo en esta serie, no de lo que diga la ley, sino de lo que hagan los ciudadanos con una tecnología que ya tienen en el bolsillo, y de si sus gobiernos logran ofrecerles una alternativa en su propia moneda a tiempo.

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